“La
educación cambiará si lo hace el profesorado”
“Las cosas no sólo son interesantes porque sí, sino porque nos afectan
de algún modo en la vida cotidiana. Esto es necesario tenerlo en cuenta para
saber estimular en los estudiantes el interés por aprender”
(Manuel Toharia).
La Educación Media Superior, es el nivel
educativo que sirve de puente entre el nivel medio básico y el nivel superior,
la importancia que reviste este nivel educativo, ha llevado a las autoridades
federales a considerar y reconocer que en los nuevos escenarios sociales la
información y el conocimiento son elementos determinantes para su crecimiento y
trasformación. La Reforma Integral para la Educación Media Superior,
considerada hoy uno de los más importantes procesos de transformación en los
sistemas escolarizados que presenta la reforma del bachillerato nacional, fue
presentada por la Secretaria de Educación en un contexto marcado por una larga
historia de este nivel educativo. Hoy los profesores del Colegio de Bachilleres
de Tamaulipas estamos inmersos en el proceso de adaptación de la reforma en
nuestros centros de trabajo, pues hemos considerado que no es suficiente
centrar nuestra acción pedagógica en facilitar la adquisición de conocimientos
de las asignaturas que impartimos, sino que habrá que ir más allá de esta
acción, con miras a formar jóvenes útiles a nuestra sociedad con altos valores
humanos y conocimientos que le garanticen el éxito a lo largo de su vida. Por
eso es importante que los docentes tengamos claro, de
¿Cómo puedo favorecer el
proceso de cambio?
Nuestra formación
académica es resultado de un proceso que
va desde nuestro paso por la escuela, en sus diversas etapas, hasta el paso por
la universidad, continuando el recorrido de formación en diferentes espacios
que nos inmortaliza como estudiantes, lo
que significa que estamos en constante
exigencia vs resistencia, pues es una mezcla de
gusto, placer, deseos y metas para continuar escalando, con sentimientos
de poder frente al conocimiento,
convencimiento, incluso pereza y actualmente, agregando el ingrediente de
avance tecnológico e intercultural que ubica a muchos docentes en un camino
desconocido, demandante de habilidades no aprendidas, intentando instaurarlos en nuevos esquemas de pensamiento que ellos
sienten invalidan su experiencia y su historia. Tal vez ese no es el objetivo,
pero es la manera como los docentes de más años lo asumen y apropian, es una
confrontación de códigos comunicativos, tiempo y fundamentos de la educación
Estos procesos de
formación se hallan perneados por
múltiples situaciones, vivencias, discursos y estilos que aprendemos, olvidamos,
imitamos pero que en cualquier caso son huellas que marcan nuestra
manera de interactuar con EL OTRO, aquel que es diferente, que es reflejo;
aquel OTRO que somos nosotros mismos si reconocemos que no hemos perdido el
lugar de estudiantes. Sin duda alguna,
la formación que hemos recibido es la base sobre la que se han cimentado las experiencias del aprendizaje y la
enseñanza; es a raíz del reconocimiento de esos estados que podemos generarnos
pregunta como: ¿qué clase de formación
he recibido?, ¿cuál es mi programa de estudios y, cómo la institución de la que
soy “hijo” me posibilita el desarrollo
de mis competencias?, ¿cómo me preparó para ser un profesional idóneo en el
área en la que me formo continuamente?.
Una formación
académica es la carta de presentación ante nuestros alumnos y no precisamente
en términos de un título, sino en la capacidad de interactuar con ellos a partir
de ese conocimiento, de la apertura a nuevas realidades, a la capacidad de
orientarlos para que alcancen una meta, y fundamentalmente al derecho de
exigirles calidad en su trabajo.
Tenemos por tanto
otra posición de resistencia de los docentes, si hallamos que todo lo anterior
reunido no permite una apertura y un equilibrio en el ejercicio de la
profesión.
En otro orden al remitirnos al concepto de la palabra costumbre
encontramos que ésta es entendida como un conjunto de reglas sociales que
definen el comportamiento de las personas en una sociedad.
Cuando hablamos de costumbres en el rol de docentes, estamos haciendo
referencia a aquellos comportamientos que se vuelven repetitivos en nuestro
diario quehacer, y deja de ser un patrón cultural la costumbre, para
convertirse en una serie de situaciones en cadena, en círculo, que manifiestan o son sinónimo de estancamiento.
En esa situación de costumbre que creamos existen múltiples vivencias,
de las cuales citamos algunas: Iniciar
la clase imponiendo al salón orden a través de una voz fuerte y autoritaria
donde el pizarrón y una “cara seria”
son las herramientas de poder y conocimiento frente a los estudiantes; evaluar
siempre con los mismos criterios y con la misma herramienta; desarrollar las clases conservando el mismo lugar; La queja y las frases
“célebres”: “todos los estudiantes son iguales, los estudiantes no cambian, los estudiantes no
quieren estudiar, no quieren hacer nada”, etc.
En este aspecto son
varios los elementos que intervienen, y los podemos asociar directamente con
nuestras características personales, competencias pedagógicas y habilidades
instrumentales porque la rutina, la
cotidianeidad, la repetición, el estigmatizar o caracterizar a un grupo de estudiantes es más fácil, de alguna
manera y para muchas personas, ser
siempre igual porque hacemos parte de una tradición, porque en algún momento
funcionó, porque creemos que todavía resulta o gozamos con la ley del menor
esfuerzo ( elemento que más criticamos en nuestros estudiantes).
La pregunta que
podríamos generar en este momento es ¿a caso son las acciones o los
sentimientos los que se nos vuelven costumbre? ¿A qué tenemos miedo al cambio o
a que nos cambien?
Asimismo las reglas
de juego están dadas por aquellos que lideran diversos procesos en pro del
bienestar de una comunidad. En el campo educativo es la SEP quien traza los
lineamientos y estándares de calidad. Lo anterior supone que toda institución
educativa debe estar al día con las exigencias que el Estado imparte, no
obstante, el desconocimiento de una realidad concreta en la que se encuentra
inmersa una institución, los modelos pedagógicos de la misma y el proyecto
educativo hacen que esas exigencias en
vez de convertirse en una oportunidad, se conviertan en una carga, en una
carrera acelerada por posicionarse en un nivel, pero, ¿qué pasa con los
recursos humanos? Están los docentes preparados para responder a ciertas reglas
que se establecen, en ocasiones en forma arbitraria, que al final desconocen la
individualidad, porque es claro que a nivel educativo no podemos siempre medirnos bajo los mismos parámetros, porque
las realidades de quienes acompañamos son producto de procesos, de realidades
concretas que en muchas ocasiones, desplazan a la escuela como único espacio de
formación.
En una institución
educativa hay muchas voces y sonidos que son comunicación, bulla, eco o
palabras al vacío, pero ¿qué significan y en qué se convierten las voces y
sonidos de nuestros estudiantes?, ¿ sabemos escuchar sus gritos y sus
murmullos?, ¿entendemos esas voces como un llamado al cambio?; lo aquí sucede
es que para nosotros hablar, dar cátedra
y ejercer poder desde el grito puede ser
una manera de acercamiento y herramienta pedagógica, pero para nuestros estudiantes es también un instrumento de reclamo, utilizado para decir
que están aprendiendo de otras manera y qué existen como sujetos capaces de
expresar.
Cuando hablamos de
cambio no queremos invadir el territorio de
privacidad de los maestros y
mucho menos, pensarlo como una necesidad de borrar e inventar cosas nuevas,
sino de inventariar algunas maneras que
se tienen de acercar al estudiante a lo que nosotros creemos que él debe
conocer y hallar como éstas no responden
a sus necesidades, expectativas, búsquedas rompiendo así el puente de acceso a
otros mundos posibles, mundo en los que ellos viven y entorpecer, en algunos casos, su proceso,
su desarrollo.
Quizá se piense que
se deba abolir la cultura de la palabra como medio de comunicación o formación,
invalidando estrategias que aún siguen vigente, pero es claro que es otra la
perspectiva, sin duda alguna, se trata de hacer notar que el cambio refiere a
la posibilidad de estar al día con los adelantos, en este caso de orden
instrumental y tecnológico, pues con ello encontramos más beneficios que
obstáculos, si se trata, claro está, de crear vínculos con los estudiante y
garantizar, en mayor porcentaje, una existencia valiosa en su vida.
Lo anterior podría
parecer una idealización de la comunicación como fin y no como medio, sin
embargo, se hace preciso pensar qué
lugar ocupa ésta en nuestro rol diario, puesto que el cambio no se da sólo en
términos de medios, sino de códigos, elemento fundamental para que exista la
comunicación. Una competencia instrumental, cultural y pedagógica van
necesariamente de la mano de una competencia comunicativa, unas habilidades
personales y sociales que permitan instaurarnos en una cultura del diálogo
generacional, para continuar perpetuando la maravillosa y absoluta necesidad de
reconocer al OTRO.
Pero, ¿qué pasa con los docentes que se han
formado y fortalecido en un área específica del conocimiento, es decir, la fortaleza en un saber es un
impedimento de apertura al cambio o los hace débiles en sus interrelaciones con
el entorno? Y si se trata de cambios tecnológicos, son los profesionales de la
tecnología y la informática los más aptos en estos tiempos?, o ¿son los docentes de lenguaje más
competentes si se supone tienen una clara postura y significado de éste en la
vida de los seres humanos?, a estas respuestas sólo puede llegar cada uno desde
una reflexión más personal, pero el reto es encontrar cómo medimos nuestras habilidades personales
en relación con el conocimiento que
poseemos y que pretendemos fundamentar
en la teoría, la memoria y el estatus que da un título. Cabe entonces hacerse
la pregunta diaria de ¿qué supone la
palabra cambio?, tal vez transformación,
renovación, urgencia por no ser obsoleto, emergencia por no estar pasado de
moda o jurásico, es un tema inagotable.
Junto a estos
diversos puntos de vista se halla el hecho de que actualmente las teorías en
educación y las innovaciones pedagógicas enumeran una serie incontable de requisitos que debemos cumplir para ser
“buenos maestros” , para ser
competentes, puede ser que todo esto no esté
mal, sin embargo, sólo logramos
validarlo cuando logramos detenernos
para saber en qué nivel nos encontramos, dónde podemos marcar una equis de
falta y más allá de lo concreto y medible, descubrir la manera acertada para
seguir creciendo, para seguir formándonos, para aceptar las limitaciones sin
temor al fracaso o a golpear nuestro ego.
Podemos así afirmar que
el docente es una figura de poder ante sus estudiantes y la institución que
representa. Lo es porque encarna “conocimiento” y se vale de diversas
estrategias para acercar a quienes están a su cargo.
Bajo esta investidura el docente cumple diferentes roles: como mediador, socializador, facilitador. Por
tanto, el poder constituye la posibilidad de hacerse paso en la vida de otra
persona, porque el poder atrae, pero también atemoriza; es a la vez un vínculo
que se establece y crea confianza o al contrario, desconfianza.
El ejercicio del
poder supone unas competencias claras sobre el valor y la existencia del otro,
que constantemente nos cuestiona y es nuestro referente de confrontación. La
dificultad se plantea entonces, porque pocas veces se está en disposición de
aceptar que ese otro nos cuestione o desafíe; tal es el caso de los docentes
que se sienten atacados cuando un estudiante va más allá de lo que él como
facilitador u orientador le está brindando, por tanto, la mejor manera de
defenderse es haciendo uso de
instrumentos como la cohesión, el
castigo, la nota o la imposición.
¿Supone el poder una
actitud de negligencia por parte del
docente?, ¿utilizamos el poder para crear, acercar, imponer o
concertar?, ¿qué situaciones nos demuestran a nosotros que estamos ejerciendo
poder?, ¿la representación que tenemos del poder la hemos heredado o la hemos
construido? ¿Nuestros modelos de poder son sólo producto de nuestra formación
profesional o son representaciones que tenemos desde nuestra familia?
Quizá una de las
preguntas que más nos inquietan en nuestro trabajo, es saber qué sucede después
de varias años de desempeñarnos
en un mismo cargo, en una misma institución?, ¿tiene o no repercusión nuestro
acompañamiento a través del tiempo?, ¿qué sucede después, cuando los
estudiantes se van a vivir su vida fuera
de la institución ?.
Fuera de la alegría,
la buena acogida, los momentos de espanto y desazón, y las conjuraciones a lo que es la educación,
¿qué sucede?, ¿qué se mueve en nuestro interior?, ¿Acaso nuestro rol de
docentes se enmarca sólo en un contexto institucional y se desarrolla en un
espacio físico limitado? ¿En qué nos
convertimos cuando nos encontramos a
estudiantes o ex alumnos?, ¿en qué nos convertimos después de muchos años de
experiencia?
Cada uno de nosotros
tendrá respuestas diferentes, pero, ¿serán
a caso esas respuestas una posibilidad de encuentro entre lo que un día soñamos
ser como MAESTROS y hoy, después de x tiempo, estamos siendo? A caso, ese balance de resultados, es
realmente una balanza de equilibrio o pesan más las frustraciones, pesan más
las experiencias, o es el desequilibrio
un factor de impedimento para seguir siendo competentes en nuestra
profesión?
Conclusión:
Nacemos perteneciendo
a grupos sociales. Nuestra familia, nuestra colonia, nuestra ciudad,
nuestro país son un espacio de
existencia que no decidimos de manera
autónoma. La vivencia diaria en un grupo nos hace sentir parte de él, construir
una personalidad y poco a poco tomar conciencia de nuestra pertenencia a ese
ambiente. Ser parte de un grupo nos hace responsables de unas costumbres,
rituales, lenguajes, maneras de interactuar, de una identidad personal y
social, que como ideal debe ser positiva, pero está mediada por muchos agentes
de carácter social, político, moral, religioso, económico y educativo que
pueden dar diferentes resultados. De igual manera, ser docentes es también ser parte de un
grupo, que a diferencia de los primeros, hemos elegido de manera “libre” y ello
exige poner en juego lo que cada uno tiene y es desde su base e historia, para
converger con la base e historia de otros que tomaron la misma decisión.
Los docentes hacemos
parte de un grupo que interactúa con otros grupos: de estudiantes, de familia,
de instituciones por tanto nos
convertimos en estereotipos, ejemplos de aquellos que nos dan un voto de
confianza para orientarlos y guiarlos, esa es la misión encomendada, por
tanto ser llamado docente, se ve
seriamente comprometido con la estructuración personal y social de quienes
están alrededor.
El ámbito educativo
puede convertir en una posición de resistencia este hecho, cuando quienes
llegan a él lo hacen bajo intereses expresamente personales y anulan todo el
proceso que implica estar ahí, generando a la vez situaciones de conflicto con
quienes interactúan como integrantes de ese contexto desligando con ello la meta intrínseca que desencadena una
relación de contienda entre sí y puede lograr desvirtuar la labor que por
decisión propia algún día alguien tomó.
En términos generales
el éxito o el fracaso de la reforma dependerá en gran parte del compromiso del
docente en relación a los requerimientos que esta exige, y digo en gran parte
porque la participación de las autoridades en lo relacionado a la gestión institucional
no es menos importante, así como el docente debe de propiciar un ambiente que
favorezca el desarrollo del un aprendizaje significativo, los administradores
de la educación deben de crear las condiciones materiales para que el docente
pueda favorecer el proceso de cambio de este nivel educativo.
Cd. Reynosa, Tamaulipas Primavera´2012
BIBLIOGRAFÍA
FULLAN, Michael. “La escuela que queremos” Biblioteca para la actualización del maestro. SEP 1999
PERRENOUD, Philippe. “Diez nuevas competencias para enseñar” Biblioteca para la actualización del maestro. SEP 2004
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TEJADA, José. “El Formador ante las NTIC: Nuevos Roles y Competencias profesionales”. Comunicación y Pedagogía