sábado, 28 de julio de 2012

¿Cómo puedo favorecer el proceso de cambio?



“La educación cambiará si lo hace el profesorado”

                                                       “Las cosas no sólo son interesantes porque sí, sino porque nos afectan de algún modo en la vida cotidiana. Esto es necesario tenerlo en cuenta para saber estimular en los estudiantes el interés por aprender”
 (Manuel Toharia).

La Educación Media Superior, es el nivel educativo que sirve de puente entre el nivel medio básico y el nivel superior, la importancia que reviste este nivel educativo, ha llevado a las autoridades federales a considerar y reconocer que en los nuevos escenarios sociales la información y el conocimiento son elementos determinantes para su crecimiento y trasformación. La Reforma Integral para la Educación Media Superior, considerada hoy uno de los más importantes procesos de transformación en los sistemas escolarizados que presenta la reforma del bachillerato nacional, fue presentada por la Secretaria de Educación en un contexto marcado por una larga historia de este nivel educativo. Hoy los profesores del Colegio de Bachilleres de Tamaulipas estamos inmersos en el proceso de adaptación de la reforma en nuestros centros de trabajo, pues hemos considerado que no es suficiente centrar nuestra acción pedagógica en facilitar la adquisición de conocimientos de las asignaturas que impartimos, sino que habrá que ir más allá de esta acción, con miras a formar jóvenes útiles a nuestra sociedad con altos valores humanos y conocimientos que le garanticen el éxito a lo largo de su vida. Por eso es importante que los docentes tengamos claro, de
 ¿Cómo puedo favorecer el proceso de cambio?

Nuestra formación académica es  resultado de un proceso que va desde nuestro paso por la escuela, en sus diversas etapas, hasta el paso por la universidad,  continuando el  recorrido de formación en diferentes espacios que nos inmortaliza como  estudiantes, lo que  significa que estamos en constante exigencia vs resistencia, pues es una mezcla de  gusto, placer, deseos y metas para continuar escalando, con sentimientos de poder frente al  conocimiento, convencimiento, incluso pereza y actualmente, agregando el ingrediente de avance tecnológico e intercultural que ubica a muchos docentes en un camino desconocido, demandante de habilidades no aprendidas, intentando  instaurarlos en  nuevos esquemas de pensamiento que ellos sienten invalidan su experiencia y su historia. Tal vez ese no es el objetivo, pero es la manera como los docentes de más años lo asumen y apropian, es una confrontación de códigos comunicativos, tiempo y fundamentos de la educación

Estos procesos de formación se hallan perneados  por múltiples situaciones, vivencias, discursos y estilos que aprendemos,  olvidamos,  imitamos pero que en cualquier caso son huellas que marcan nuestra manera de interactuar con EL OTRO, aquel que es diferente, que es reflejo; aquel OTRO que somos nosotros mismos si reconocemos que no hemos perdido el lugar de estudiantes. Sin duda alguna, la formación que hemos recibido es la base sobre la que se han cimentado  las experiencias del aprendizaje y la enseñanza; es a raíz del reconocimiento de esos estados que podemos generarnos pregunta como:  ¿qué clase de formación he recibido?, ¿cuál es mi programa de estudios y, cómo la institución de la que soy  “hijo” me posibilita el desarrollo de mis competencias?, ¿cómo me preparó para ser un profesional idóneo en el área en la que me  formo continuamente?.
Una formación académica es la carta de presentación ante nuestros alumnos y no precisamente en términos de un título, sino en la capacidad de interactuar con ellos a partir de ese conocimiento, de la apertura a nuevas realidades, a la capacidad de orientarlos para que alcancen una meta, y fundamentalmente al derecho de exigirles calidad en su trabajo.
Tenemos por tanto otra posición de resistencia de los docentes, si hallamos que todo lo anterior reunido no permite una apertura y un equilibrio en el ejercicio de la profesión.
En otro orden al remitirnos al concepto de la palabra costumbre encontramos que ésta es entendida como un conjunto de reglas sociales que definen el comportamiento de las personas en una sociedad.
Cuando hablamos de costumbres en el rol de docentes, estamos haciendo referencia a aquellos comportamientos que se vuelven repetitivos en nuestro diario quehacer, y deja de ser un patrón cultural la costumbre, para convertirse en una serie de situaciones en cadena, en círculo, que manifiestan o son sinónimo de estancamiento.
En esa situación de costumbre que creamos existen múltiples vivencias, de las cuales  citamos algunas: Iniciar la clase imponiendo al salón orden a través de una voz fuerte y autoritaria donde   el pizarrón y una “cara seria” son las herramientas de poder y conocimiento frente a los estudiantes; evaluar siempre con los mismos criterios y con la misma herramienta; desarrollar las clases conservando el mismo lugar; La queja y las frases “célebres”: “todos los estudiantes son iguales,  los estudiantes no cambian, los estudiantes no quieren estudiar, no quieren hacer nada”, etc.
En este aspecto son varios los elementos que intervienen, y los podemos asociar directamente con nuestras características personales, competencias pedagógicas y habilidades instrumentales porque  la rutina, la cotidianeidad, la repetición, el estigmatizar o caracterizar a un grupo de estudiantes es más fácil, de alguna manera y para muchas personas, ser siempre igual porque hacemos parte de una tradición, porque en algún momento funcionó, porque creemos que todavía resulta o gozamos con la ley del menor esfuerzo ( elemento que más criticamos en nuestros estudiantes).
La pregunta que podríamos generar en este momento es ¿a caso son las acciones o los sentimientos los que se nos vuelven costumbre? ¿A qué tenemos miedo al cambio o a que nos cambien?
Asimismo las reglas de juego están dadas por aquellos que lideran diversos procesos en pro del bienestar de una comunidad. En el campo educativo es la SEP quien traza los lineamientos y estándares de calidad. Lo anterior supone que toda institución educativa debe estar al día con las exigencias que el Estado imparte, no obstante, el desconocimiento de una realidad concreta en la que se encuentra inmersa una institución, los modelos pedagógicos de la misma y el proyecto educativo  hacen que esas exigencias en vez de convertirse en una oportunidad, se conviertan en una carga, en una carrera acelerada por posicionarse en un nivel, pero, ¿qué pasa con los recursos humanos? Están los docentes preparados para responder a ciertas reglas que se establecen, en ocasiones en forma arbitraria, que al final desconocen la individualidad, porque es claro que a nivel educativo no podemos siempre  medirnos bajo los mismos parámetros, porque las realidades de quienes acompañamos son producto de procesos, de realidades concretas que en muchas ocasiones, desplazan a la escuela como único espacio de formación.
En una institución educativa hay muchas voces y sonidos que son comunicación, bulla, eco o palabras al vacío, pero ¿qué significan y en qué se convierten las voces y sonidos de nuestros estudiantes?, ¿ sabemos escuchar sus gritos y sus murmullos?, ¿entendemos esas voces como un llamado al cambio?; lo aquí sucede es que  para nosotros hablar, dar cátedra y ejercer poder desde el grito puede ser  una manera de acercamiento y herramienta pedagógica, pero  para nuestros estudiantes es también un  instrumento de reclamo, utilizado para decir que están aprendiendo de otras manera y qué existen como sujetos capaces de expresar.
Cuando hablamos de cambio no queremos invadir el territorio de  privacidad de los maestros  y mucho menos, pensarlo como una necesidad de borrar e inventar cosas nuevas, sino de inventariar  algunas maneras que se tienen de acercar al estudiante a lo que nosotros creemos que él debe conocer y hallar como éstas  no responden a sus necesidades, expectativas, búsquedas rompiendo así el puente de acceso a otros mundos posibles, mundo en los que ellos viven  y entorpecer, en algunos casos, su proceso, su desarrollo.
Quizá se piense que se deba abolir la cultura de la palabra como medio de comunicación o formación, invalidando estrategias que aún siguen vigente, pero es claro que es otra la perspectiva, sin duda alguna, se trata de hacer notar que el cambio refiere a la posibilidad de estar al día con los adelantos, en este caso de orden instrumental y tecnológico, pues con ello encontramos más beneficios que obstáculos, si se trata, claro está, de crear vínculos con los estudiante y garantizar, en mayor porcentaje, una existencia valiosa en su vida.
Lo anterior podría parecer una idealización de la comunicación como fin y no como medio, sin embargo, se hace preciso pensar qué lugar ocupa ésta en nuestro rol diario, puesto que el cambio no se da sólo en términos de medios, sino de códigos, elemento fundamental para que exista la comunicación. Una competencia instrumental, cultural y pedagógica van necesariamente de la mano de una competencia comunicativa, unas habilidades personales y sociales que permitan instaurarnos en una cultura del diálogo generacional, para continuar perpetuando la maravillosa y absoluta necesidad de reconocer al OTRO.
Pero, ¿qué pasa  con los docentes que se han formado y fortalecido en un área específica del conocimiento, es decir, la fortaleza en un saber es un impedimento de apertura al cambio o los hace débiles en sus interrelaciones con el entorno? Y si se trata de cambios tecnológicos, son los profesionales de la tecnología y la informática los más aptos en estos tiempos?,   o ¿son los docentes de lenguaje más competentes si se supone tienen una clara postura y significado de éste en la vida de los seres humanos?, a estas respuestas sólo puede llegar cada uno desde una reflexión más personal, pero el reto es encontrar  cómo medimos nuestras habilidades personales en relación con  el conocimiento que poseemos y que pretendemos  fundamentar en la teoría, la memoria y el estatus que da un título. Cabe entonces hacerse la pregunta diaria de ¿qué supone  la palabra cambio?, tal vez  transformación, renovación, urgencia por no ser obsoleto, emergencia por no estar pasado de moda o jurásico, es un tema inagotable.
Junto a estos diversos puntos de vista se halla el hecho de que actualmente las teorías en educación y las innovaciones pedagógicas enumeran una serie incontable de  requisitos que debemos cumplir para ser “buenos maestros” ,  para ser competentes,  puede ser que todo esto no esté mal, sin embargo,  sólo logramos validarlo cuando logramos  detenernos para saber en qué nivel nos encontramos, dónde podemos marcar una equis de falta y más allá de lo concreto y medible, descubrir la manera acertada para seguir creciendo, para seguir formándonos, para aceptar las limitaciones sin temor al fracaso o a golpear nuestro ego.
Podemos así afirmar que el docente es una figura de poder ante sus estudiantes y la institución que representa. Lo es porque encarna “conocimiento” y se vale de diversas estrategias para acercar a quienes están a su cargo.
 Bajo esta investidura el docente cumple  diferentes roles: como  mediador, socializador, facilitador. Por tanto, el poder constituye la posibilidad de hacerse paso en la vida de otra persona, porque el poder atrae, pero también atemoriza; es a la vez un vínculo que se establece y crea confianza o al contrario, desconfianza.
El ejercicio del poder supone unas competencias claras sobre el valor y la existencia del otro, que constantemente nos cuestiona y es nuestro referente de confrontación. La dificultad se plantea entonces, porque pocas veces se está en disposición de aceptar que ese otro nos cuestione o desafíe; tal es el caso de los docentes que se sienten atacados cuando un estudiante va más allá de lo que él como facilitador u orientador le está brindando, por tanto, la mejor manera de defenderse es haciendo uso  de instrumentos como la cohesión,  el castigo, la nota o la imposición.
¿Supone el poder una actitud de negligencia por parte del  docente?, ¿utilizamos el poder para crear, acercar, imponer o concertar?, ¿qué situaciones nos demuestran a nosotros que estamos ejerciendo poder?, ¿la representación que tenemos del poder la hemos heredado o la hemos construido? ¿Nuestros modelos de poder son sólo producto de nuestra formación profesional o son representaciones que tenemos desde nuestra familia?
Quizá una de las preguntas que más nos inquietan en nuestro trabajo, es saber qué sucede después de varias años de desempeñarnos en un mismo cargo, en una misma institución?, ¿tiene o no repercusión nuestro acompañamiento a través del tiempo?, ¿qué sucede después, cuando los estudiantes  se van a vivir su vida fuera de la institución ?.
Fuera de la alegría, la buena acogida, los momentos de espanto y desazón,  y las conjuraciones a lo que es la educación, ¿qué sucede?, ¿qué se mueve en nuestro interior?, ¿Acaso nuestro rol de docentes se enmarca sólo en un contexto institucional y se desarrolla en un espacio físico limitado? ¿En qué  nos convertimos cuando nos  encontramos a estudiantes o ex alumnos?, ¿en qué nos convertimos después de muchos años de experiencia?
Cada uno de nosotros tendrá  respuestas diferentes, pero, ¿serán a caso esas respuestas una posibilidad de encuentro entre lo que un día soñamos ser como MAESTROS y hoy, después de x tiempo, estamos siendo?  A caso, ese balance de resultados, es realmente una balanza de equilibrio o pesan más las frustraciones, pesan más las experiencias, o es el desequilibrio  un factor de impedimento para seguir siendo competentes en nuestra profesión?

Conclusión:

Nacemos perteneciendo a grupos sociales. Nuestra familia, nuestra colonia, nuestra ciudad, nuestro  país son un espacio de existencia que no decidimos  de manera autónoma. La vivencia diaria en un grupo nos hace sentir parte de él, construir una personalidad y poco a poco tomar conciencia de nuestra pertenencia a ese ambiente. Ser parte de un grupo nos hace responsables de unas costumbres, rituales, lenguajes, maneras de interactuar, de una identidad personal y social, que como ideal debe ser positiva, pero está mediada por muchos agentes de carácter social, político, moral, religioso, económico y educativo que pueden dar diferentes resultados. De igual manera,  ser docentes es también ser parte de un grupo, que a diferencia de los primeros, hemos elegido de manera “libre” y ello exige poner en juego lo que cada uno tiene y es desde su base e historia, para converger con la base e historia de otros que tomaron la misma decisión.
Los docentes hacemos parte de un grupo que interactúa con otros grupos: de estudiantes, de familia, de instituciones  por tanto nos convertimos en estereotipos, ejemplos de aquellos que nos dan un voto de confianza para orientarlos y guiarlos, esa es la misión encomendada, por tanto  ser llamado docente, se ve seriamente comprometido con la estructuración personal y social de quienes están alrededor.
El ámbito educativo puede convertir en una posición de resistencia este hecho, cuando quienes llegan a él lo hacen bajo intereses expresamente personales y anulan todo el proceso que implica estar ahí, generando a la vez situaciones de conflicto con quienes interactúan como integrantes de ese contexto  desligando con ello  la meta intrínseca que desencadena una relación de contienda entre sí y puede lograr desvirtuar la labor que por decisión propia algún día alguien tomó.
En términos generales el éxito o el fracaso de la reforma dependerá en gran parte del compromiso del docente en relación a los requerimientos que esta exige, y digo en gran parte porque la participación de las autoridades en lo relacionado a la gestión institucional no es menos importante, así como el docente debe de propiciar un ambiente que favorezca el desarrollo del un aprendizaje significativo, los administradores de la educación deben de crear las condiciones materiales para que el docente pueda favorecer el proceso de cambio de este nivel educativo.


Cd. Reynosa, Tamaulipas Primavera´2012

  

BIBLIOGRAFÍA

FULLAN, Michael. “La escuela que queremos” Biblioteca para la actualización del maestro. SEP 1999

PERRENOUD, Philippe. “Diez nuevas competencias para enseñar” Biblioteca para la actualización del maestro. SEP 2004

ORTEGA, José Olmedo. “Poder y Práctica Pedagógica” Colección Seminarium. Magisterio, 2005.

TEJADA, José. “El Formador ante las NTIC: Nuevos Roles y Competencias profesionales”. Comunicación y Pedagogía














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